Los campesinos
Los campesinos —¡Qué silencio! —dijo con emoción la condesa y en voz baja, como para no turbar esa paz.
Miraron las manchas verdes del agua, que son mundos en los que se organiza la vida; contemplaban los lagartos jugando al sol y huyendo en cuanto notaban su presencia, conducta por la cual han merecido el calificativo de amigos del hombre: «Asà demuestran lo mucho que le conocen», dijo Emilio. Miraron a las ranas que, más confiadas, volvÃan a la superficie de las aguas desde sus lechos de limo, haciendo centellear sus ojos de carbúnculo. La poesÃa simple y suave de la naturaleza se filtraba en aquellas dos almas cansadas de las cosas falaces del mundo, y las embebÃa en una emoción contemplativa…, cuando de repente Blondet se estremeció, e inclinándose al oÃdo de la condesa, dijo:
—¿Oye usted?
—¿Qué?
—Un ruido extraño…
—Esto les sucede a los hombres dedicados a la literatura y acostumbrados a trabajar encerrados en un despacho, que no saben nada del campo; debe de ser algún picoverde que está haciendo su agujero… ApostarÃa cualquier cosa a que ni siquiera sabe usted lo más curioso de este pájaro: después de dar un picotazo, y tiene que dar millones para agujerear un roble dos veces más grueso que el cuerpo de usted, va al otro lado del árbol para ver si lo ha agujereado, y lo hace cada instante.