Los campesinos

Los campesinos

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Mientras tenía lugar esa orgia, el hogar de Michaud vivía una mortal inquietud. Olimpia había sufrido falsos dolores de parto, y su marido, creyendo que iba a dar a luz, salió apresuradadamente en busca del médico. Pero los dolores de la pobre mujer se calmaron en cuanto salió Michaud, pues se preocupó tanto por los peligros que él podía correr a tan avanzada hora de la noche y en país enemigo, en el que pululaban numerosos miserables dispuestos a todo, que su angustia fue lo bastante poderosa para calmar y dominar momentáneamente todo sufrimiento físico. Su criada le había estado repitiendo que sus temores eran imaginarios, pero parecía como si no comprendiese lo que le decía, y permanecía en su dormitorio, sentada en un rincón junto al fuego, prestando oído a cualquier ruido que llegase de fuera, y en su terror, que iba en aumento a cada segundo que transcurría, había hecho levantar al criado con la intención de darle una orden y sin que se la diese. La pobre joven iba y venía en medio de una agitación febril; miraba por las ventanas y las abría a pesar del frío; bajaba, abría la puerta del patio, escudriñaba a lo lejos, escuchaba…

—Nada…, siempre nada —decía.

Y volvía a subir, desesperada.

Alrededor de las doce y cuarto, exclamó:

—¡Aquí está, oigo el caballo!


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