Los campesinos

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Muchos años después de estos acontecimientos y en el invierno del 1837, uno de los más notables escritores políticos de ese tiempo, Emilio Blondet, llegó al último grado de la miseria, lo que hasta entonces había ocultado aparentando una vida de esplendor y elegancia. Dudaba si debía tomar una decisión desesperada al ver que su trabajo, su inteligencia, sus conocimientos, su entendimiento de los problemas no le habían llevado a otra cosa que a trabajar como una máquina en provecho de los demás; viendo que todos los empleos que tuvo sólo le valieron para llegar al borde de la edad madura sin consideración y sin fortuna; viendo a una sarta de necios e incapaces burgueses reemplazando a los cortesanos no menos incapaces de la Restauración y reconstituirse el gobierno igual que estaba en los días anteriores a 1830. Una noche en que estaba muy cerca del suicidio, que tantas veces había combatido con sus mordacidades, y mientras repasaba su deplorable existencia calumniada, mucho más consagrada al trabajo que dedicada a las orgías que le reprochaban, y evocó un noble y hermoso rostro de mujer, como el de una estatua que se ha conservado entera y pura en medio de las más tristes ruinas, su portero le entregó una carta con los bordes negros y lacrada, en la que la condesa de Montcornet le anunciaba el fallecimiento del general, quien había reingresado en el ejército y mandaba una división. Ella era su única heredera; no tenían hijos. La carta, aunque digna, le decía a Blondet que la mujer de cuarenta años, a la que él había amado en su juventud, le tendía una mano fraternal y una fortuna considerable.


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