Los campesinos

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Al pasar la mayor parte de su tiempo sin salir de casa, la Tonsard se había conservado fresca, blanca y sonrosada, a diferencia de las mujeres del campo, que se mustian tan rápidamente como las flores y que parecen viejas a los treinta años. También gustaba de ir bien arreglada. Era asimismo muy limpia; pero, en una aldea, esta cualidad equivale a un lujo. Las hijas, mucho mejor vestidas de lo que hacía suponer su pobreza, seguían el ejemplo de su madre. Bajo sus faldas, relativamente elegantes, llevaban una ropa interior más fina que la usada por las más ricas campesinas. Los días de fiesta lucían lindos vestidos. ¡Sólo Dios sabe cómo los habrían conseguido! La servidumbre de Les Aigues les vendía, a precios fácilmente pagables, los vestidos que tiraban las camareras y que rehechos por las propias María y Catalina, triunfaban bajo la insignia del Grand-I-vert. Las dos muchachas, las dos bohemias del valle, no recibían ni un céntimo de sus padres, quienes les daban únicamente alimento y las hacían dormir en abyectos jergones, en el granero, junto con su abuela, lo mismo que sus hermanos echados sobre el heno, como si fuesen animales. Ni al padre ni a la madre les inquietó nunca aquella promiscuidad. La edad del hierro y la del oro tienen más parecido entre sí del que puede imaginarse. En una no se tiene en cuenta nada; en la otra se tiene en cuenta todo; pero, para la sociedad, el efecto es quizá el mismo. La presencia de la vieja Tonsard, que tenía más el aspecto de una necesidad que de una garantía, era una inmoralidad más.


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