Los campesinos

Los campesinos

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Aunque todo el mundo sabía los pocos principios y escrúpulos que tenía aquella familia, nadie tenía que decir nada de las costumbres mantenidas en el Grand-I-vert. Al iniciar la narración de esta historia hay que explicar, una vez por todas, a las personas acostumbradas a la moralidad de las familias burguesas que los campesinos carecen, en cuanto a costumbres domésticas, de cualquier forma de delicadeza. No invocan la moral, si una de sus hijas es seducida, más que cuando el seductor es hombre rico y pusilánime. Los hijos, hasta que el Estado se los arranca de sus manos, no son más que capital o instrumento para conseguir el mejor bienestar. El interés se ha convertido, especialmente después del 1789, en el único móvil de sus pensamientos; para ellos nunca se trata de saber si un acto cualquiera es inmoral o ilegal, lo importante es que sea provechoso. La moralidad, que no hay que confundir con la religión, empieza con las comodidades. Del mismo modo que en una esfera superior se ve florecer la delicadeza del alma cuando la fortuna ha dorado el mobiliario. El hombre absolutamente probo y moral es, en la clase campesina, una excepción. Los curiosos se preguntarán por qué. De entre todas las razones que podrían darse para explicar este estado de cosas, ésa es la principal. Por la naturaleza de sus funciones sociales, los campesinos viven una vida puramente material que se parece mucho al estado salvaje, al cual les invita su unión constante con la naturaleza. El trabajo, cuando agota el cuerpo, quita al pensamiento toda su acción purificadora, especialmente en personas ignorantes. Finalmente, para los campesinos, su miseria es su razón de Estado, como decía el abate Brossette.


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