Los campesinos

Los campesinos

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Toda revuelta, abierta o solapada, tiene su bandera. La de los merodeadores, gandules y borrachos, era, pues, la terrible muestra del Grand-I-vert. Allí se divertían, cosa tan difícil de conseguir tanto en el campo como en la ciudad. Además, no había ningún otro albergue en las cuatro leguas de carretera cantonal que las diligencias recorrían fácilmente en tres horas; así, todos los que desde Conches se dirigían a Ville-aux-Fayes se detenían en el Grand-I-vert, aunque sólo fuera para tomar un refresco. Finalmente, acudían también allí el molinero de Les Aigues y sus hijos; el molinero era adjunto del alcalde. Los mismos criados del general no desdeñaban meterse en aquel tugurio al que las hijas de Tonsard hacían más atractivo, de suerte que el Grand-I-vert comunicaba subterráneamente con el castillo por medio de la servidumbre, pudiendo saberse todo lo que ésta sabía. Es imposible, por interés ni por afecto, romper el eterno convenio entre los domésticos y el pueblo. La servidumbre procede del pueblo y sigue considerándose perteneciente a él. Esta funesta camaradería explica la reticencia que contenía la última frase de Carlos, el lacayo, dicha a Blondet al pie de la escalinata del castillo.




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