Los campesinos
Los campesinos Mientras decía esto, Fourchon golpeó con una moneda de cien sueldos, que en su mano brillaba como un sol, la miserable mesa ante la que se había sentado, y a la que un mantel lleno de grasa hacía que se la mirase con el mismo despego con que se veían sus quemaduras negras y las manchas de vino y las muescas. Al oír el sonido de la plata, María Tonsard, tajante como la proa de una corbeta de competición, lanzó sobre su abuelo una iracunda mirada que le salió de los ojos como una llama. La Tonsard salió de su habitación, atraída por la música del metal.
—Tienes la mala costumbre de tratar siempre duramente a tu pobre padre —dijo dirigiéndose a Tonsard.
—No obstante, desde hace un año se gana bastante bien la vida; Dios quiera que sea honestamente. Veamos qué es esto… —añadió saltando sobre la moneda y arrancándola de las manos de Fourchon.
—Vamos, María —dijo Tonsard seriamente—; encima de la tabla todavía hay vino embocado.
En el campo, el vino es siempre de la misma calidad, pero se vende bajo dos especies: el vino de barril y el embocado.
—¿De dónde ha sacado esto? —preguntó la Tonsard a su padre, haciendo desaparecer la moneda en su bolsillo.