Los campesinos

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—¡Filipina, tú acabarás mal! —exclamó el viejo inclinando la cabeza y sin hacer ningún movimiento para recuperar su dinero.

Fourchon debía ya saber la inutilidad de una lucha entre su yerno, su hija y él.

—¿Es éste el vino que aún continúas vendiendo a cien sueldos la botella? —añadió en tono amargo—. Ésta será la última. Me haré cliente del Café de la Paz.

—Cállese, padre —prosiguió la blanca y robusta tabernera, la cual se parecía algo a las matronas romanas—. Necesita usted una camisa, un pantalón limpio, otro sombrero y también un chaleco.

—Ya te he dicho que comprar todas esas cosas sería la ruina para mí. Cuando la gente empiece a sospechar que tengo dinero, nadie me dará ya nada.

La botella traída por la rubia María cortó la elocuencia del anciano, quien no carecía precisamente de aquel atrevimiento que se permite decir cualquier cosa y cuya expresión no retrocede ante ningún pensamiento, por muy atroz que sea.

—¿No quiere decirnos dónde afana tanto dinero? —preguntó la Tonsard—. Nosotros iríamos también.

Mientras terminaba un lazo para cazar pájaros, el feroz tabernero espiaba el pantalón de su suegro, y pronto observó el relieve redondo de una segunda moneda de cinco francos.


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