Los campesinos

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—À vuestra salud… Me estoy convirtiendo en un capitalista —dijo Fourchon.

—Si usted quisiera, lo sería —aseguró Tonsard—. Usted sí que tiene medios para serlo… Pero el diablo le ha hecho debajo de la cabeza un agujero por el que se escapa todo…

—Bah… Le he gastado el truco de la nutia a ese burgués de Les Aigues que ha venido de París; esto es todo.

—Si viniera mucha gente a visitar las fuentes del Avonne —terció María—, sería usted rico.

—Sí —respondió él, bebiendo el último vaso de la botella—; pero a fuerza de jugar con las nutias, las nutias se han enfadado, y me ha pasado una por entre las piernas que va a proporcionarme más de veinte francos.

—Apostaría que ha cazado una nutria hilando, ¿no es así? —dijo la Tonsard mirando astutamente a su padre.

—Si me regalas un pantalón, un chaleco y unos tirantes de tela, para no avergonzar mucho a Vermichel cuando estamos sobre el estrado del Tívoli, pues el tío Socquard se mete siempre conmigo, te doy la moneda, hija; tu idea la merece. Podría volver a pescar al burgués de Les Aigues, aunque, y quizá de repente, puede darse cuenta de lo de las nutias.


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