Los campesinos

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—Ve a buscarnos otra botella —encargó Tonsard a su hija—. Si tuviera una nutria, tu padre nos la enseñaría —continuó dirigiéndose a su mujer e intentando despertar la susceptibilidad de Fourchon.

—Tengo demasiado miedo de verla friéndose en vuestro fogón —replicó el viejo mientras guiñaba uno de sus ojillos verduzcos a su hija—. Filipina me ha rebañado ya una moneda; ¡y cuántas otras no se me os habéis quedado con la excusa de quererme vestir y alimentar!… Aún decís que vengo con los colmillos afilados, y voy siempre desnudo…

—Recuerde que vendió su último traje para poder beber vino cocido en el Café de la Paz —dijo la Tonsard—. La prueba es que Vermichel quiso evitarlo.

—¡Vermichel!… ¡Precisamente él, a quien convidé! Vermichel es incapaz de traicionar a un amigo. Debe haber sido ese quintal de manteca rancia con dos patas sin que él se avergüence de llamarle su mujer.

—Él o ella —respondió Tonsard—, o Bonnébault…

—Si se trata de Bonnébault, él, precisamente él, que es uno de los sostenes del Café…, yo… le… ¡Bueno, basta ya! —dijo Fourchon.


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