Tratado de la vida elegante

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Pero esta especie de fiebre que lleva al hombre a ver por doquier cucañas y a afligirse por haberse encaramado solamente un cuarto, un tercio o la mitad, ha desarrollado forzosamente el amor propio de una forma desmesurada y ha engendrado la vanidad. Ahora bien, puesto que la vanidad no es más que el arte de endomingarse todos los días, cada hombre ha sentido la necesidad de tener, como una muestra de su poderío, una señal encargada de indicar a los transeúntes el lugar donde se encarama en la gran cucaña, en cuya cima los reyes hacen sus ejercicios. Y así fue como los escudos de armas, las libreas, las mucetas, las melenas, las veletas, los talones rojos, las mitras, los gallineros, el cojín en la iglesia o el incienso por la nariz, las partículas, las condecoraciones, las diademas, los lunares postizos, el colorete, las coronas, los zapatos de punta retorcida, los birretes, los ropajes, los veros, la escarlata, las espuelas, etc. se volvieron sucesivamente indicios materiales del más o menos reposo que un hombre podía tomar, de la más o menos fantasía que tenía derecho a satisfacer, de los más o menos hombres, dineros, pensamientos, labores que le era posible despilfarrar. A la sazón, un transeúnte distinguía, nada más verlo, entre un ocioso y un trabajador, una cifra y un cero.




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