Tratado de la vida elegante
Tratado de la vida elegante En el año de gracia de 1804, como en el año MCXX, se reconoció que es infinitamente agradable, para un hombre o una mujer, decirse al mirar a sus conciudadanos: «Estoy por encima de ellos; los aplasto, los protejo, los gobierno y cada uno ve claramente que los gobierno, los protejo y los aplasto; porque un hombre que aplasta, protege o gobierna a los demás, habla, come, bebe, duerme, tose, viste y se divierte de otra forma que los aplastados, protegidos y gobernados».
¡Y surgió la VIDA ELEGANTE…!
Y se abalanzó, brillante, nueva, vieja, joven, orgullosa, pimpante, aprobada, corregida, aumentada y resucitada por el monólogo maravillosamente moral, religioso, monárquico, literario, constitucional y egoísta: «Yo aplasto, yo protejo, yo…», etc.
Porque los principios según los que se conducen y viven los que tienen talento, poder o dinero no se parecerán nunca a los de la vida vulgar.
¡Y nadie quiere ser vulgar…!
La vida elegante es pues, esencialmente, la ciencia de las maneras.
Ahora, la cuestión nos parece tan abreviada y tan sutilmente planteada como si el conde Ravez se hubiera encargado de proponerla en la primera Cámara septenal.
¿Pero en qué mundillo comienza la vida elegante? Y, ¿son todos los ociosos aptos para seguir sus principios?