Tratado de la vida elegante

Tratado de la vida elegante

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Pero hasta el reino de Luis XV, la diferencia que distinguía al cortesano del noble sólo se manifestaba por jubones más o menos caros, botines más o menos acampanados, una gorguera, una peluca más o menos almizclada y palabras más o menos nuevas. Este lujo, muy personal, nunca quedaba completado por una forma de existencia global. Cien mil escudos, profusamente arrojados en un atuendo o un carruaje, bastaban para toda una vida. Además, un noble de provincia podía vestir mal y saber erigir uno de aquellos maravillosos edificios —que hoy nos producen admiración y desespero ante nuestras fortunas modernas—, mientras que un cortesano ricamente puesto se habría sentido muy apurado al recibir a dos mujeres en su casa. Un salero de Benvenuto Cellini, comprado al precio del rescate de un rey, se erigía a menudo en una mesa rodeada de bancos.

Finalmente, si pasamos de la vida material a la vida moral, un noble podía contraer deudas, vivir en los cabarets, no saber escribir ni hablar, ser ignorante, estúpido, prostituir su carácter, decir necedades, pero permanecía noble. El verdugo y la ley lo seguían distinguiendo de todos los ejemplares de Juan Lanas (el admirable tipo de los ocupados), decapitándole en vez de colgarlo. Daba la impresión de ser el civis romanus en Francia: porque, verdaderos esclavos, los galos[2], ante él, era como si no existieran.


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