Tratado de la vida elegante
Tratado de la vida elegante Esta es la cuesta insensible por la que el cristianismo de nuestra revolución ha derribado el politeísmo del feudalismo, por cuya filiación un sentimiento verdadero ha respirado hasta en los signos materiales y cambiantes de nuestro poder. Y he aquí cómo hemos vuelto al punto del que partimos: a la adoración del becerro de oro. Sólo que el ídolo habla, camina, piensa, en una palabra, es un gigante. Así que el pobre Juan Lanas está enalbardado para mucho tiempo. Una revolución popular es imposible hoy. Si siguen cayendo varios reyes, será, como en Francia, por el frío desprecio de la clase inteligente.
Por lo tanto, para distinguir nuestra vida por la elegancia, ya no basta hoy en día con ser noble o ganar una cuaterna en una de las loterías humanas, también hay que haber estado dotado de la indefinible facultad (¡el intelecto de nuestros sentidos, quizá!) que nos lleva siempre a elegir las cosas verdaderamente bellas o buenas, las cosas cuyo conjunto concuerda con nuestra fisionomía, nuestro destino. Es un tacto exquisito, cuyo constante ejercicio, únicamente, puede hacer descubrir de pronto las relaciones, prever las consecuencias, adivinar el lugar o el alcance de los objetos, las palabras, las ideas y las personas; porque para resumir, el principio de la vida elegante es un alto pensamiento de orden y armonía, destinado a dar poesía a las cosas. De ahí el aforismo: