Tratado de la vida elegante
Tratado de la vida elegante A partir del momento en que dos libros de pergamino ya no sirven para todo, en que el hijo natural del propietario millonario de unos baños y un hombre de talento tienen los mismos derechos que el hijo de un conde, ya sólo podemos ser distinguibles por nuestro valor intrínseco. Luego, en nuestra sociedad han desaparecido las diferencias: sólo hay matices. Asimismo, el trato social, la elegancia de las maneras, el no sé qué, fruto de una educación completa, forman la única barrera que separa al hombre ocioso del hombre ocupado. Si existe un privilegio, deriva de la superioridad moral. De ahí el alto precio dado, por la gran mayoría, a la instrucción, la pureza del lenguaje, la gracia del porte, la más o menos soltura con la que se lleva una indumentaria, la decoración de los apartamentos y finalmente, a la perfección de todo lo que procede de la persona. ¿Acaso no imprimimos nuestros hábitos y nuestro pensamiento en todo lo que nos rodea y nos pertenece? «Habla, anda, come o vístete y te diré quién eres» ha sustituido al antiguo proverbio, expresión cortesana, adagio de privilegiado. Hoy en día, un mariscal de Richelieu es imposible. Un par de Francia, un príncipe, incluso, corre el riesgo de caer por debajo de un candidato del pueblo para senador con una renta de cien escudos, si se desacredita, porque no se le permite a nadie ser impertinente o disoluto. Cuanto más se han sometido las cosas a la influencia del pensamiento, más se han ennoblecido, depurado y ampliado los detalles de la vida.