Tratado de la vida elegante
Tratado de la vida elegante De modo que ya no resulta indiferente menospreciar o adoptar las fugitivas prescripciones de la MODA, porque mens agitat molem: la mente de un hombre se adivina por la manera de sostener el bastón. Las distinciones se envilecen o mueren al volverse comunes; pero existe un poder encargado de estipular nuevas: es la opinión. Ahora bien, la moda siempre ha sido la opinión en materia de vestido. Puesto que el vestido es el símbolo más enérgico, la Revolución también fue una cuestión de moda, un debate entre la seda y el trapo. Pero hoy la MODA ya no se restringe al lujo de la persona. El material de la vida, al haber sido objeto del progreso social, se ha sometido a inmensas evoluciones. No hay una sola de nuestras necesidades que no haya producido una enciclopedia y nuestra vida animal se relaciona con la universalidad de los conocimientos humanos. Asimismo, al dictar las leyes de la elegancia, la moda abarca todas las artes. Es el principio de las acciones, así como de lo producido. ¿Acaso no es el sello con el que un consentimiento unánime estampa un descubrimiento o marca las invenciones que enriquecen el bienestar del hombre? ¿No constituye la recompensa siempre lucrativa, el homenaje brindado al genio? Al acoger y señalar el progreso, se pone en cabeza de todo: hace las revoluciones de la música, las letras, el dibujo y la arquitectura. Ahora bien, un tratado de la vida elegante, puesto que es la reunión de los principios inconmutables que deben dirigir la manifestación de nuestro pensamiento mediante la vida exterior, es en cierto modo la metafísica de las cosas.