Tratado de la vida elegante

Tratado de la vida elegante

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—Pues —replica—, cuando estos códigos fueron hechos, no sé qué epizootia (quería decir epidemia) cogió a los cacófagos y nos vimos inundados de códigos… La cortesía, la glotonería, el teatro, las personas honradas, las mujeres, la indemnidad, los colonos, la administración, todo tuvo su código. Luego la doctrina de Saint-Simon dominó este océano de obras pretendiendo que la codificación (véase El Organizador) era una ciencia especial… A lo mejor el tipógrafo se equivocó y leyó mal caudificación, de cauda, cola… pero no importa. Les pregunto —añadió deteniendo a uno de sus oyentes y tirándole de un botón—, ¿no es un verdadero milagro que la vida elegante no haya encontrado legisladores entre toda esa gente que escribe y piensa? Estos manuales, hasta los del guarda rural, el alcalde y el contribuyente, ¿no son sandeces frente a un tratado sobre la MODA? ¿No es de inmensa utilidad la publicación de los principios que hacen la vida poética? Si, en provincias, la mayoría de nuestras granjas, alquerías, masías, casas, cortijos, haciendas, etc., son verdaderas pocilgas; si el ganado y sobre todo los caballos obtienen en Francia un trato indigno de un pueblo cristiano; ¡si la ciencia de lo confortable, el encendedor del inmortal Fumade, la cafetera de Lemare y las alfombras baratas son desconocidos a sesenta leguas de París, es de cajón que esta carencia general de las invenciones más vulgares debidas a la ciencia moderna viene de la ignorancia en la que dejamos sumirse a los pequeños propietarios! La elegancia está relacionada con todo. Tiende a volver a una nación menos pobre al inspirarle el gusto por el lujo, porque ciertamente un gran axioma es el siguiente:


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