Tratado de la vida elegante
Tratado de la vida elegante Por consiguiente, los expertos de la vida elegante no trazan largos caminos de tela verde sobre sus alfombras y no temen que las manche un viejo tío asmático de visita. No consultan los termómetros para salir con sus caballos. Igualmente sometidos a las cargas de la fortuna y a sus beneficios, nunca parecen contrariados ante un estropicio; porque en su casa, todo se repara con dinero o se resuelve por el más o menos trabajo que se toma su servidumbre. Guardar un jarrón o un reloj de pared a buen recaudo, cubrir los divanes con fundas, ensacar una araña, ¿no es parecerse a esa buena gente que, tras haber ahorrado para comprarse candelabros, los visten enseguida con una gasa espesa? El hombre de gusto debe disfrutar de todo lo que posee. Como Fontenelle, no le gustan las cosas que quieren ser demasiado respetadas. A ejemplo de la naturaleza, no teme ostentar todos los días su esplendor; puede reproducirlo. Además, no espera que, parecidos a los veteranos de Luxemburgo, sus muebles le atestigüen sus servicios mediante numerosos galones, para cambiarlos de destino, y nunca se queja del precio excesivo de las cosas, porque lo ha previsto todo. Para el hombre de la vida ocupada, las recepciones son solemnidades; tiene sus consagraciones periódicas para las que hace los desembalajes, vacía los armarios y desenfunda los bronces; pero el hombre de la vida elegante sabe recibir a todas horas, sin ser cogido por sorpresa. Su divisa es la de una familia cuya gloria se asocia a la del nuevo mundo; nuevo, está semper paratus, siempre listo, siempre igual a sí mismo. La casa, la servidumbre, los carruajes, el lujo ignoran el prejuicio del domingo. Todos los días son festivos. Finalmente, si magma licet componere parvis, es como el famoso Dessein, que contestaba, sin inmutarse, al enterarse de la llegada del duque de York: «Póngalo en la número 4».