Tratado de la vida elegante

Tratado de la vida elegante

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—¿Qué fortuna —nos han dicho— podría satisfacer las exigencias de sus teorías…? El día después que una casa ha sido amueblada y tapizada de nuevo, se ha restaurado un carruaje, se ha cambiado la seda de un saloncito, ¿no es cierto que un elegante viene a apoyar con insolencia el pelo lustrado en un barniz? ¿No llega adrede un hombre encolerizado para manchar una alfombra? ¿No se cuelgan unos torpes del carruaje? ¿Y se puede impedir siempre a los impertinentes que crucen el umbral del saloncito?

Estas reclamaciones, presentadas con el arte aparente con que matizan las mujeres todas sus defensas, han sido pulverizadas por el aforismo:

XXIX

Un hombre de buena compañía ya no se cree el dueño de todas las cosas que, en su casa, deben ponerse a disposición de los demás.

Un elegante no dice exactamente, como el rey, nuestro coche, nuestro palacio, nuestro castillo o nuestros caballos, pero sabe impregnar todas sus acciones de cierta delicadeza real; gracias a esta afortunada metamorfosis, un hombre parece invitar a disfrutar de su fortuna a todos los que la rodean. Así, esta noble doctrina implica otro axioma, no menos importante que el precedente:

XXX

Admitir a una persona en casa es suponer que es digna de habitar la esfera de uno.


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