Tratado de la vida elegante

Tratado de la vida elegante

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Entonces, las pretendidas desgracias cuya satisfacción pediría una amante a nuestros dogmas absolutos no pueden proceder más que de una falta de tacto imperdonable. ¿Una ama de casa puede quejarse alguna vez de una falta de consideración o de cuidado? ¿Acaso no tiene la culpa? ¿No existen, para la gente bien, signos masónicos que permiten reconocerse? Cuando, en la intimidad, sólo recibe a sus semejantes, el hombre elegante ya no tiene que temer accidentes; si acontecen, son los golpes de suerte de los que nadie se libra. Respecto a la antesala, que es una institución en Inglaterra, la aristocracia ha hecho grandísimos progresos: hay pocas casas que no tengan recibidor. Esta pieza está destinada a dar audiencia a todos los inferiores. La distancia más o menos mayor que separa a nuestros ociosos de los hombres ocupados está representada por la etiqueta. Los filósofos, contestatarios, guasones, que se burlan de las ceremonias, no recibirían a su tendero, aunque fuera candidato para senador, con las atenciones que prodigarían a un marqués. No debe deducirse que los sofisticados desprecian a los trabajadores; todo lo contrario, les reservan una admirable fórmula de respeto: «Son personas estimables».

Para un elegante, resulta igual de desacertado burlarse de la clase industrial, como atormentar a las abejas o molestar a un artista que trabaja: es muy feo.


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