Tratado de la vida elegante
Tratado de la vida elegante Desde el momento en que las personas de la vida elegante representan a las aristocracias naturales de un país, se deben recíprocamente los miramientos de la igualdad más completa. Puesto que el talento, el dinero y el poder dan los mismos derechos, el hombre de apariencia débil y desposeído al que uno dirige torpemente un ligero meneo de cabeza estará pronto en la cima del Estado y al que uno saluda obsequiosamente se verá mañana sin fortuna ni poder.
Hasta ahora, el conjunto de nuestros dogmas ha abarcado el espíritu más que la forma de las cosas. En cierto modo, hemos presentado la estética de la vida elegante. Al buscar las leyes generales que rigen los detalles, hemos descubierto más con sorpresa que con perplejidad una especie de similitud entre los verdaderos principios de la arquitectura y los que nos quedan por trazar. De modo que nos hemos preguntado si, por casualidad, la mayoría de los objetos que sirven a la vida elegante no pertenecerían al ámbito de la arquitectura. El vestir, la cama y el cupé son abrigos de la persona, como la casa es el gran vestido que cubre al hombre y las cosas para su uso. Parece que hayamos empleado todo, hasta el lenguaje, como lo observó de Tayllerand, para ocultar una vida, un pensamiento que, a pesar de nuestros esfuerzos, atraviesa todos los velos.