Tratado de la vida elegante
Tratado de la vida elegante Si fuera preciso, aceptaríamos este reproche como un elogio. Sin embargo, pese a la simplicidad de dichas leyes, que más de un elegantólogo habría quizá redactado, deducido o encadenado mejor, no concluiremos sin hacer observar a los neófitos de la moda que el buen gusto no resulta tanto del conocimiento de dichas reglas como de su aplicación. Un hombre debe practicar esta ciencia con la soltura que pone al hablar su lengua materna. Es peligroso balbucear en el mundo elegante. ¿No ha observado el lector a esos sofisticados de pacotilla que van de cabeza tras la gracia, se abochornan si se ven un pliegue de menos en la camisa y sudan la gota gorda para acabar soltando una ultracorrección, semejantes a esos pobres ingleses que se sacan cada palabra del pocket? Recuerden, pobres cretinos de la vida elegante, que de nuestro XXXIII° aforismo resulta esencialmente este otro principio, su condenación eterna:
XXXVIII
La elegancia elaborada es a la verdadera elegancia lo que una peluca al pelo.
Esta máxima implica, en consecuencia y rigurosamente, el siguiente corolario:
XXXIX
El dandismo es una herejía de la vida