Tratado de la vida elegante

Tratado de la vida elegante

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El erudito o el hombre del mundo elegante que quisiera buscar, en cada época, los vestidos de un pueblo, elaboraría así la historia más pintoresca y verdadera desde el punto de vista nacional. ¿Explicar la larga melena de los francos, la coronilla de los monjes, el pelo afeitado del siervo, las pelucas de Popocambou, los polvos aristocráticos y los peinados a lo Tito de 1790, no sería contar las principales revoluciones de nuestro país? Preguntar el origen de los zapatos de punta retorcida, las limosneras, las caperuzas, la escarapela, los miriñaques, los verdugados, los guantes, las máscaras, el terciopelo, es embarcar a un modólogo en el tremendo dédalo de las leyes suntuarias y en todos los campos de batalla en que la civilización ha triunfado sobre las costumbres groseras importadas a Europa por la barbarie de la Edad Media. Si la Iglesia excomulgó sucesivamente a los sacerdotes que se pusieron calzones y los que los dejaron por pantalones; si la peluca de los canónigos de Beauvais ocupó antaño el parlamento de París durante medio siglo, es que estas cosas, aparentemente fútiles, representaban o bien ideas o bien intereses: ya sea en el pie, el busto o la cabeza, siempre se verá un progreso social, un sistema retrógrado o alguna que otra lucha encarnizada que se formula con la ayuda de una parte cualquiera del vestido. A veces el calzado anuncia un privilegio; otras la caperuza, el gorro o el sombrero señalan una revolución; aquí un bordado o una esclavina; allí unas cintas o algún adorno de paja expresan un partido: y entonces pertenece uno a los cruzados, los protestantes, los de Guisa, la Liga, el Bearnés o la Fronda.


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