Amor profano
Amor profano La libertad estaba ahí, escondida entre las sombras. Solo debía ser lo suficientemente audaz para tomarla.
Fin de la Segunda Parte.
Si te gusta, dime y continúo con la Tercera Parte: Nieve y cadenas.
El reloj de la posada marcaba la medianoche cuando Ivona abrió los ojos. La monja dormía en la cama contigua, su respiración pausada y tranquila. Fuera, el viento ululaba, y la tormenta de nieve golpeaba la ventana como un puño insistente.
Ivona contuvo la respiración. Este era el momento.
Se deslizó fuera de la cama sin hacer ruido, sus pies descalzos tocando el suelo helado. Sus ropas no eran más que un vestido sencillo y una capa raída, pero el frío no importaba. Lo único que pesaba en su pecho era la certeza de que, si fallaba, no habría segunda oportunidad.
El pasillo estaba vacío. Bajó las escaleras con cautela, el corazón martillándole en las sienes. La taberna seguía en penumbras, con solo un par de borrachos dormidos sobre las mesas. El posadero roncaba detrás del mostrador.
