Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador Los franceses pasaron los Pirineos, no se quedaron en las provincias del Norte, cruzaron el Ebro y Castilla y atravesaron Despeñaperros.
El Empecinado no estaba sostenido por el espíritu de una ciudad liberal: se encontraba en tierras hostiles, sin más consejo que el de Aviraneta, y no podía aceptar siempre sus inspiraciones.
Entre los dos existía oscura incompatibilidad. Aviraneta sentía mezcla de cariño, de admiración y de desdén por el general. El verle tan tosco, y muchas veces tan incomprensivo, le ponía en contra suya.
Al Empecinado, por su parte, le producía su secretario sentimiento confuso de desconfianza y de repulsión. Sabía que era hombre de probidad, pero le creía capaz de una infamia por defender su causa. Aviraneta pensaba que el fin justificaba los medios.