Aviraneta o la vida de un conspirador

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Años después leyó don Eugenio en Nueva Orleáns, en un periódico editado en francés, llamado La Abeja, varias anécdotas referentes al español Ignacio Basterrica en El Cairo. Se decía que siendo este español profesor de Música, quiso el virrey de Egipto, Mehemet-Alí, que enseñase música a una de sus hijas. Basterrica comenzó a dar lecciones, y la discípula se enamoró locamente del maestro. A los pocos meses hubo que casarlos antes de que sus amores tuvieran fruto.

Basterrica abjuró de su religión y abrazó la de Mahoma. Mehemet-Alí no era nada exigente en esta cuestión.

Ya casado, Basterrica fue nombrado príncipe de la familia real y Utch Tuglu Bascha (bajá de tres colas), y general en jefe de la caballería. Después estuvo en Grecia en la batalla de Missolonghi y en 1832 decidió la batalla de Konieh contra los turcos.

Un día, al llegar a casa del maltés, dijeron a don Eugenio que había ido un capitán francés a preguntar por él, y que volvería a la hora de cenar.

Estaban a la mitad de la cena cuando se presentó el capitán Lasalle. El tal capitán era un mocetón de treinta a treinta y cinco años, con el pecho muy abombado, bigote y patillas negras y grandes tufos encima de las orejas. Le pareció a don Eugenio hombre muy ordinario.


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