Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador —¡Hacen bien! —gritaban con voz aguda algunas mujeres—. ¡Que los maten a todos! ¡Canallas! ¡Envenenadores! ¡No se debÃa dejar uno vivo! ¡Por ellos pasa lo que está pasando! ¡Por ellos está toda España llena de carlistas! ¡Hasta que no se quemen todos los conventos y no se desuelle a todos los frailes, no habrá aquà paz!
Le hubiera gustado a Aviraneta hablar con alguno. Entró en el café La Fontana de Oro. Allà los oradores peroraban; a cada paso llegaban chiquillos andrajosos, señoritos pálidos, elegantes, manchados de sangre, y se les aplaudÃa y se les estrechaba la mano dándoles la enhorabuena.
La noche fue horrorosa de calor y de inquietud. Se oyeron campanas, tiros, gritos y quejas en la vecindad. Aviraneta no pudo conciliar el sueño.
Al dÃa siguiente se hallaba tan rendido, que decidió quedarse en la cama.
Una semana después estaba por la mañana dormitando cuando oyó que entraba alguien en su cuarto.
Era un jesuita, que al principio de su estancia en Madrid iba a visitarle con frecuencia. VenÃa vestido de paisano.
Sin más preámbulos, comenzó a perorar y a decirle que la horrible matanza de los dÃas anteriores se habÃa verificado por su culpa.