Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador —Que la gente ha hecho una degollina de frailes en San Isidro —contestó el sargento con petulancia, atusándose el bigote—. Se lo merecen.
—¿Y por qué?
—Porque están impulsando al carlismo. Los carlistas que estaban escondidos en los conventos han salido disfrazados de frailes a reunirse con Merino.
—¡Si no fuera más que eso! —dijo otro miliciano.
—Pues, ¿hay algo más?
—Que están echando cosas malas en el agua.
—¡Bah!
—Se les ha visto envenenando las fuentes con unos polvos.
Empujado por los curiosos, avanzó por la calle de Toledo abajo. SubÃan en dirección contraria hombres, mujeres y chiquillos desharrapados, manchados de sangre, caras hurañas, gente frenética, gritando, con espuma en la boca.
En la esquina de la calle de Toledo y la de los Estudios se amontonaban ropas, muebles, libros, cuadros, tirados desde el colegio de San Isidro. Todo ennegrecido por el fuego. Los milicianos hacÃan la guardia como si su única misión fuera vigilar estos objetos, y mientras tanto se seguÃa asesinando, se arrojaban desde las ventanas una porción de cosas y se les pegaba fuego, con gran algazara y aplausos.