Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador Se despidieron con mucha afabilidad Aviraneta y el barón, y don Eugenio se marchó a su fonda.
Entró en su habitación, y dejó la vela de sebo humeante y maloliente sobre la cómoda, e inspeccionó el cuarto. No le ofrecía confianza. La puerta se abría para fuera y tenía un pestillo cuya resistencia parecía tan pequeña, que con un empujón podía saltar. Don Eugenio se decidió a no acostarse.
Fue al salón, escribió largo rato, se tendió después al lado del fuego y se quedó dormido. Cuando se despertó era tarde, había dormido más de tres horas. El fuego estaba apagado, el quinqué echaba humo y tufo pestilente.
—Ya todo el mundo se habrá acostado, hasta los espías —se dijo don Eugenio.
En su cuarto ató el pestillo de la puerta con un cordón verde, que quitó de las cortinas del balcón, a la campanilla.
Si alguien abría la puerta, la campanilla sonaría.
Tenía todavía sueño, y durmió con intervalos; de pronto le despertó una serie de campanillazos. Al primer momento no se dio cuenta de lo ocurrido; luego recordó sus preparativos, saltó de la cama, cogió la pistola y se acercó a la puerta.