Aviraneta o la vida de un conspirador

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XLIX

EL MATRIMONIO DE AVIRANETA

PASARON algunos años; Aviraneta se había resignado a no llegar a nada y se contentaba con ser espectador y comentador de los sucesos políticos.

Había intimado con la reina madre en París, cuando vivía en su palacio de la calle de Courcelles, y le había intentado convencer de que un Gobierno fuerte y liberal era la salvación de España.

En Madrid, María Cristina le llamaba al palacio de la calle de las Rejas; le preguntaba su opinión acerca de las cuestiones políticas y quería que le dijera lo que se murmuraba en la calle sobre los amores de su hija y sobre los milagros de sor Patrocinio.

María Cristina sabía que Aviraneta vivía pobremente, y le decía:

—Han sido muy ingratos para ti; si necesitas dinero, vete a ver a Pepe Salamanca de mi parte; yo le escribiré.

—Señora —contestaba don Eugenio—, tengo lo bastante para vivir.

María Cristina le envió de regalo cuadros y estatuas; a pesar de esto, don Eugenio no la quería. Aquella ansia de hacer dinero a todo trance y de considerar España como una finca le molestaba.


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