Aviraneta o la vida de un conspirador

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La joven reina, que, según su costumbre, había salido de paseo en un coche guiado por ella misma, se dirigía al Prado. Iba sin escolta y casi sin acompañamiento, cuando grupos que se notaban en el camino, de distancia en distancia, se pusieron delante de ella gritando: «¡Viva la libertad! ¡Viva la Constitución! ¡Viva Espartero! ¡Viva la Guardia Nacional!». El grito de «¡Viva la reina constitucional!» se oía algunas veces, pero salía de gargantas muy avinadas para que fuese halagador.

En la Puerta del Sol la reina tuvo que detener sus caballos para no aplastar a la muchedumbre. En la Cibeles los grupos pararon el coche y Su Majestad se vio obligada a escuchar un discurso, llamémosle patriótico, y a recibir algunas flores y palomas con lazos. En el Prado los gritos aumentaron en violencia; media docena de jóvenes se subieron a la zaguera del carruaje y no lo abandonaron un solo instante, mientras que otros pararon los caballos, y algunos, más atrevidos aún, se acercaron tanto a la cara de Su Majestad que más de una vez tuvo esta que apartarse bruscamente para evitar su contacto.





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