Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador Iba por la calle de Sevilla a la de Alcalá cuando se encontró detenido en la esquina por una barricada alta formada por carros, muebles, tablones y adoquines. Estaba la barricada vigilada por un grupo de paisanos armados, entre los que abundaban tipos de torero con traje corto y calañés y mozos de los cafés próximos.
Aquella tarde el centro de Madrid estaba en perpetua ebullición; no se decidió a ir a su barrio porque temía que le conocieran y fue a un café de la calle Ancha. Se hizo amigo del mozo, le contó una historia falsa, y el mozo, compadecido, le recomendó una casa de huéspedes de la calle Silva.
Fue a ella; la patrona tenía mal semblante, y a las pocas palabras que cambió con ella comprendió que estaba recelosa y dispuesta a avisar a la policía.
Por la mañana, al alba, se levantó y se vistió. Su instinto le hacía creer que no estaba muy seguro en aquella casa.
Se asomó al balcón y se sentó en una silla. A eso de las cuatro vio que la patrona salía a la calle y poco después volvía con un hombre.
Abrió la puerta de su cuarto y avanzó por el pasillo de la casa, todavía oscuro. La patrona y el hombre hablaban de Aviraneta; habían dejado la puerta abierta.