Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador Fijándose en él era feo, y más que feo, poco simpático; los ojos vivos y brillantes, de animal salvaje, la nariz saliente y porruda, la boca de campesino, con las comisuras para abajo, una boca de maestro de escuela o de dómine tiránico. Llevaba sotabarba y algo de patillas de tono rojizo.
No miraba a la cara, sino siempre al suelo o de través. El que le contemplasen le molestaba.
El abad explicó a Merino de lo que se trataba, y este contestó con señas de asentimiento. El deán de Lerma, como superior jerárquico del cura, le exhortó a que defendiera la religión y la patria.
Después, el comisario regio, Peña, leyó el decreto de la Junta Central. Concluida la lectura, el Director tomó la palabra, e hizo unas proposiciones que sometió al juicio de los demás.
Aceptadas las proposiciones, el abad de Lerma se levantó, y, sacando un crucifijo de cobre colgado de su cuello y enarbolándolo en el aire, les hizo jurar a todos guardar el secreto.
Todos se levantaron para jurar. Cuando Aviraneta miró otra vez alrededor, ya Merino había desaparecido.