Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador El Director se hallaba perplejo, aturdido. Se puso una chaqueta y acercó una silla a la ventana para saltarla.
En esto, dos manos de hierro cayeron sobre los hombros de Eugenio y varios gendarmes entraron en el cuarto.
—¡Ah, brigand! —dijo uno.
Aviraneta pudo librarse de sus zarpas; saltando por la ventana, se agarró al tronco de la parra y fue bajando hasta el jardín. Intentó escapar subiendo por el tronco de un árbol, pero en la oscuridad no encontró ninguno.
No tuvo más remedio que rendirse. Rodeado de cuatro gendarmes y un cabo, cruzó la calle y entró en el portal de la casa próxima. Subieron todos. En un cuarto había tres oficiales sentados alrededor de una mesa; uno, el comandante, hombre fuerte, de alguna edad; los otros dos, jovencitos.
El cabo contó lo ocurrido e hicieron avanzar a Aviraneta en el cuarto.
—¿Qué, es un ladrón?
—No, es un bandido que venía a libertar al preso.
Aviraneta dio unos pasos hacia la mesa.
—Me han atado como un fardo, mi comandante —dijo en francés—; creo que podían dejarme respirar un poco.