Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador Fueron a cenar con las nueces en el bolsillo, estuvieron atentos a las idas y venidas del posadero, y, en el instante en que este ponÃa en la bandeja unos racimos de uvas, sacó Aviraneta las nueces y las dejó encima. El hombre le hizo un guiño como diciendo: «Está entendido», y subió al cuarto del preso.
Salieron, dieron una vuelta a toda la tapia del huerto, y encontraron una puertecilla.
—Voy a ver si se puede abrir por dentro —dijo Aviraneta, y, apoyándose en su compañero, escaló la tapia. La puerta tenÃa una llave grande y mohosa, pero pudo abrirla.
Lara se fue al parador para preparar los caballos.
La subida a la ventana no fue difÃcil: el tronco de la parra era grueso y retorcido. Lo único malo que ocurrÃa era que, al trepar, las ramas de la parra chocaban contra la madera y metÃan ruido.
Pensó en volverse atrás; pero olvidó esa idea, y siguió adelante. Se acercó a la ventana.
Dios dos golpes en el cristal. Nada.
«¡Este hombre es un imbécil! —pensó, incomodado—. ¿No habrá visto el aviso?»
Volvió a dar otros dos golpes y apareció la cabeza asombrada del prisionero.
—¿Es usted? —le dijo, temblando.
—SÃ. ¿No ha visto usted mi aviso?
—No.