Camino de perfeccion
Camino de perfeccion Fernando siguió bordeando el barranco, hasta llegar a un pinar, en donde se tendió en la hierba. Desde allà se dominaba la ciudad. Enfrente, tenÃa la catedral, altÃsima, amarillenta, de color de barro, con sus pináculos ennegrecidos; rodeada de casas parduzcas, más abajo corrÃa la almenada muralla, desde el acueducto, que se veÃa únicamente por su parte alta, hasta un risco frontero, a aquel en el cual se levantaba el Alcázar. Se oÃa el ruido del arroyo que murmuraba en el fondo del barranco.
Se nublaba; de vez en cuando salÃa el sol e iluminaba todo con una luz de oro pálido.
Ossorio se levantó del suelo; a medida que andaba veÃa el barranco más macizo de follaje; el Alcázar, sin el aspecto de repintado que tenÃa al sol, se ensombrecÃa: semejaba un castillo de la Edad Media.
El arroyo de los Clamores, al acercarse al rÃo, resonaba con mugido más poderoso.
En una hendedura del monte, unas mujeres andrajosas charlaban sentadas en el suelo; una de ellas, barbuda, de ojos encarnados, tenÃa una sartén sobre una hoguera de astillas, que echaba un humo irrespirable.
Fernando pasó un puente; siguió por una carretera, próxima a un convento, y subió al descampado de una iglesia que le salió al camino, en donde habÃa una cruz de piedra. Se sentó en el escalón de esta.