Camino de perfeccion

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El vagón presentaba un aspecto extraño: hombres envueltos hasta la cabeza en mantas blancas y amarillas, aldeanos con sombrero ancho y calzón corto; cestas, líos, jaulas; viejas, dormidas, con el refajo puesto por encima de la cabeza…, todo envuelto en una atmósfera brumosa empañada por el humo del tabaco.

Sólo en un comportamiento en donde iban unas muchachas se hablaba y se reía.

Llegó el tren al apeadero en donde Fernando tenía que bajar. Cogió su lío de ropa y saltó del coche. La estación estaba completamente desierta, iluminada por dos faroles clavados en una tapia blanca.

—¡Eh, el billete! —gritó un hombre envuelto en un capote. Ossorio le dio el billete.

—¿Por dónde se sale de la estación? —le preguntó.

—¿Va usted a Yécora?

—Sí.

—Ahí tiene usted los coches.

Pasó Fernando por la puerta de la tapia blanca a una plazoleta que había delante de la estación, y vio una diligencia casi ocupada y una tartana. Se decidió por la tartana.

Hallábase esta alumbrada por una linterna que daba más humo que luz. Subió Ossorio en el carricoche. De los dos cristales de delante, uno estaba roto, y en su lugar había un trapo sucio y lleno de agujeros.


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