Camino de perfeccion

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XXXII

AL día siguiente, con el pretexto de un viaje corto, Fernando se marchó de Toledo.

Tomó el tren al mediodía y trasbordó en Castillejo.

Tendido en el banco de un coche de tercera pasó horas y horas contemplando ensimismado el techo del vagón, pintado de amarillo, curvo como camarote de barco, con su faro de aceite, que se encendió al anochecer, y que apenas si daba luz.

Se hizo de noche; pasaban por delante de la ventanilla sombras de árboles, pedruscos de la pared de una trinchera.

Salió la luna en menguante. De vez en cuando, al pasar cerca de alguna estación, se veía vagamente un molino de viento que, con sus aspas al aire, parecía estar pidiendo socorro.

Cerca de Albacete entró un labriego con una niña, a la que dejó tendida en un banco. La niña se durmió en seguida.

Su padre se puso a hablar con un aldeano. De vez en cuando la niña abría los ojos, sonreía y llamaba a su mamá.

«Ahora viene», le decía Fernando, y la chiquilla volvía a dormirse otra vez.


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