Camino de perfeccion
Camino de perfeccion En un patio jugaban los chicos a la pelota, vestidos con blusas grises. Al pasar Fernando y los demás, los muchachos les miraban con ansiedad. Subieron los visitantes al piso de arriba, en el cual había un corredor y, a los lados, celdas pequeñas, con el techo cubierto por una alambrera, ocupadas por la cama, el colgador y el lavabo; la puerta, con una persiana para espiar desde fuera al encerrado.
Fernando, al mirar al interior de aquellos cuartuchos, recordó los dos años de su vida pasados allí. ¡Qué tristes y qué lentos! Se veía por las mañanas, cuando tocaban la campana y palmoteaban los camareros, despertarse sobresaltado, salir de la cama, lavarse, y, al volver a oír el aviso, se veía en el tétrico corredor, iluminado por un farol humeante de petróleo, colgado del techo por un garabato en forma de lira. Luego recordaba, durante el invierno, cuando, después de rezar arrodillados, puestos en dos filas en el oscuro pasillo, capitaneados por uno de los padres, iban bajando todos las escaleras, medio dormidos, tiritando, envueltos en bufandas, y recorrían los corredores y entraban en el oratorio a cantar los rezos de la mañana y a oír misa. ¡Qué impresión de horrible tristeza daba el ver las ventanas iluminadas por la claridad blanca y fría del amanecer!