Camino de perfeccion

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El inmenso poblachón estaba silencioso, mudo. Hacía luna llena; los faroles de la calle, por este motivo, se hallaban sin encender. El pueblo, iluminado fuertemente por la claridad blanca de la luna, aparecía extraño, fantástico, con la mitad de las calles a la sombra y la otra mitad blanco-azulada. En la zona de sombra, encima de algunos portales, veíanse escintilar y balancearse vagamente farolillos encendidos, que iluminaban los santos de las hornacinas. Ossorio, indignado con ideas rencorosas, subió hacia la plaza; en el suelo se proyectaba, a la luz de la luna, oblicuamente, la sombra de la torre. Fernando comenzó a subir el Castillo por la calzada.

A un lado se veían las puertas azules de las cuevas empotradas en el monte. Fue subiendo hasta lo alto; había algunos sitios en donde se levantaban extraños peñascales laberínticos de fantásticas formas, unos de aspecto humano, tétricos, sombríos, con agujeros negros que parecían ojos, al ser sombreados por las zarzas; otros, afilados como cuchillos agudos, como botareles de iglesia gótica, de aristas salientes, que marcaban y perfilaban en el suelo y a la luz de la luna su sombra dentellada.




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