Camino de perfeccion

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Y llevaban los dos una vida sencillísima. Por las mañanas iban a pasear al monte; ella, ligera, trepaba como un chico por entre los peñascales; él la seguía, y al abrazarla, notaba en sus ropas y en su cuerpo el olor de las hierbas del campo. No era una felicidad la suya sofocante; no era una pasión llena de inquietudes y de zozobras. Se entendían, quizá, porque no trataron nunca de entenderse.

Fernando sentía un desbordamiento de ternura por todo: por el sol bondadoso que acariciaba con su dulce calor el campo, por los árboles, por la tierra, siempre generosa y siempre fecunda.

A veces iban a algún pueblo cercano a pie y volvían de noche por la carretera iluminada por la luz de las estrellas. Dolores se cogía al brazo de Fernando y cerraba los ojos.

—Tú me llevas —solía decir.

—Pero me guías tú —replicaba él.

—¿Cómo te voy a guiar yo si tengo los ojos cerrados?

—Ahí verás…

Algunas noches se reunían los mozos y mozas del Collado y había reunión y baile. Se efectuaban estas fiestas en el zaguán blanqueado, que tenía dos bancos a ambos lados de la puerta en los que se sentaban chicos y chicas. En la pared, en un clavo, colgaban el candil, que apenas iluminaba la estancia.


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