Camino de perfeccion
Camino de perfeccion En el coro, los lamentos del órgano, los salmos de los sacerdotes, lanzaban un formidable anatema de execración y de odio contra la vida; en el huerto, la vida celebraba su plácido triunfo, su eterno triunfo.
El agua caía a intervalos, tibia, sobre las hojas lustrosas y brillantes; por el suelo las lagartijas corrían por las abandonadas sendas del jardín, cubiertas de parásitas hierbecillas silvestres.
Fernando sentía deseos de entrar en la iglesia y de rezar; Dolores estaba muy triste.
—¿Qué te pasa? —le preguntó su marido.
—¡Oh, nada! ¡Soy tan feliz! —y dos lagrimones grandes corrieron por sus mejillas.
Fernando la miró con inquietud. Salieron de la iglesia. En la plaza, el secreto fue comunicado. Dolores tenía la seguridad. Una vida nueva brotaba en su seno; Fernando palideció por la emoción.
Volvieron al Collado. A los seis o siete meses, Dolores dio a luz una niña que murió a las pocas horas. Fernando se sintió entristecido. Al contemplar aquella pobre niña engendrada por él, se acusaba a sí mismo de haberle dado una vida tan miserable y tan corta.