Camino de perfeccion
Camino de perfeccion Recordaba su vida, la indignación que le ocasionó la carta irónica de Laura, en la cual le felicitaba por su cambio de existencia; sus deseos y veleidades por volver a la corte, lentamente la costumbre adquirida de vivir en el campo, el amor a la tierra, la aparición enérgica del deseo de poseer y poco a poco la reintegración vigorosa de todos los instintos, naturales, salvajes.
Y como coronando su fortaleza, el niño aquel sonrosado, fuerte, que dormía en la cuna con los ojos cerrados y los puñitos también cerrados, como un pequeño luchador que se aprestaba para la pelea.
Estaba robustamente constituido; así había dicho su abuelo el médico; así debía ser, pensaba Fernando. Él estaba purificado por el trabajo y la vida del campo. Entonces más que nunca sentía una ternura que se desbordaba en su pecho por Dolores, a quien debía su salud y la prolongación de su vida en la de su hijo.
Y pensaba que había de tener cuidado con él, apartándole de ideas perturbadoras, tétricas, de arte y de religión.
Él ya no podía arrojar de su alma por completo aquella tendencia mística por lo desconocido, y lo sobrenatural, ni aquel culto y atracción por la belleza de la forma; pero esperaba sentirse fuerte y abandonarlas en su hijo.