Camino de perfeccion
Camino de perfeccion CUANDO se despertó al día siguiente en una posada de Colmenar eran ya las dos de la tarde. No había podido conciliar el sueño hasta el amanecer. Se levantó encorvado, con los pies doloridos; comió y salió de casa. El día era caluroso, asfixiante; el cielo azul, blanquecino; la tierra quemaba.
Fernando se tendió a esperar a que el sol se ocultase para seguir su marcha y se durmió. Era el anochecer cuando salió del pueblo; la carretera estaba oscura, sombría después; a medida que la oscuridad se hacía mayor, quedó imponente.
La noche, estrellada, había refrescado; a un lado y a otro se oía el tintineo de los cencerros de las vacas y toros que pastaban en las dehesas.
Pasaron por el camino carros de bueyes en fila cargados de leña dirigidos por boyerizos con sombreros anchos; cruzaron por delante de Fernando algunos jinetes como negros fantasmas; después, la carretera quedó completamente desierta y silenciosa; no se oyó más que el tañido de las esquilas de las vacas, tan pronto cerca, tan pronto lejos, rápido y vocinglero unas veces, triste y pausado otras.