La estrella del capitan Chimista

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IX

LAS MUJERES, LOS SOLDADOS Y LOS FRAILES

EN LIMA mucha gente se pasaba la vida en los cafés y tabernas, hablando, murmurando, discutiendo sobre los bailes y las canciones. Yo no sé de dónde sacaban el dinero; la mayoría de los hombres no hacían más que beber, charlar y fumar. Los bailes eran muy sucios, escandalosos. Yo vi a un ministro bailar con una mulata delante de gran público, con unos movimientos indecentes. La alcahuetería era cosa allí lícita y normal: se ofrecían mujeres como caballos o coches. Se bebía mucho la chicha, un líquido alcohólico, y se tomaba el seviche, una comida excitante de pescado[159].

Las mujeres iban envueltas en mantos y no enseñaban más que el ojo derecho y el brazo izquierdo; de noche no se permitía esta especie de disfraz; pero, a pesar de todo, andaban muchas tapadas.

En las casas había tantas pulgas que no le dejaban a uno vivir; estaba uno en la cama durmiendo y se le caían a la cara montones de pulgas.

El pretender cazarlas una a una era locura.

La gente limeña tenía la costumbre de coger un cepillo grande y cepillarse el cuerpo y la cama. Las limeñas solían llevar un pedazo de lana fina en el bolsillo, que les servía de trampa para las pulgas.


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