La estrella del capitan Chimista
La estrella del capitan Chimista LA LEYENDA DE CHIMISTA
NO FUERON PARA MÍ de una dicha perfecta los tiempos del matrimonio. Panchita y yo no nos entendíamos como deben entenderse marido y mujer. Ella no pensaba más que en lucirse, en ir y venir y en pasearse en la volanta con sus grandes ruedas y su negro con su librea de postillón.
A mí me dijeron luego que Panchita había sido novia de un militar que se llamaba Rafael Zorrilla y que una semana antes de casarse conmigo, decía a todo el mundo: «Si se presentara de nuevo Zorrilla me casaría con él y le[21] dejaría a este bárbaro.»
Mi mujer se creía una perfección, y todos sus defectos los consideraba cualidades. No le gustaba trabajar: esto era una prueba de su naturaleza fina; no quería ocuparse de los demás: esta era una manifestación de su elevación de espíritu; era golosa: esto constituía un indicio de su buena salud.
En un libro religioso que tenía una tía mía se contaba el caso de no sé quién que pidió a Dios que le hiciera el favor de mostrarle moralmente tal cómo era, como en un espejo, y al verse retratado sintió tanto miedo y tanto asco, que pidió morir. Era un peligro que, para mi mujer, no existía, porque, aunque se hubiese visto en el espejo moral como una tarasca, no hubiera tenido mala opinión de sí misma.
