La estrella del capitan Chimista

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II

CONSPIRACIÓN DE LOS INDIOS

DESDE CANTÓN fui a Hong-Kong a recoger allí ochenta mil duros en plata[241]. De Cantón a Hong-Kong hay doce leguas, aproximadamente, de distancia; tardé quince horas y me presenté en casa del consignatario, que me preguntó categóricamente:

—¿Usted sabe el riesgo que corren los buques que llevan dinero?

—Sí.

—En esta bahía hay muchos juncos de piratas.

—Sí, ya lo sé.

—¿Qué armamento lleva usted? ¿Cuánta tripulación?

Se puso tan exigente y tan autoritario, que le advertí que me dijera si en el término de veinticuatro horas podía enviarme el dinero al barco, porque, si no, me iba a poner a la vela para Manila. Yo no estaba para sufrir exámenes. Chimista se quedó en Hong-Kong, donde tenía algunos negocios.

Al día siguiente de mi conversación con el consignatario, recibí a bordo catorce cajas de plata y me hice a la vela al anochecer. Entre Iturriza y yo cargamos de antemano los cuatro cañones con metralla, hasta la boca, y los pusimos en batería con las portas levantadas. Largué todo el aparejo, hasta los sobrejuanetes y velas de estáis, y emprendí mi viaje.


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