La estrella del capitan Chimista

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VII

UN RECUERDO DE LA GUERRA CARLISTA[268]

EN CASA de doña Matilde hablé de los deportados que había llevado a las Marianas y de su opinión sobre el general Narváez, a quien pintaban como un bárbaro, inculto y arbitrario[269]. Solía ir a la tertulia un magistrado, don Juan López Quijana, y al oírme referir lo que contaban los deportados, me dijo:

—No crea usted. El general Narváez no es tan despótico ni tan injusto. Tiene que luchar en política con malos enemigos y no puede emplear más que los mismos medios que emplean los demás, las prisiones, las deportaciones, etc.

—¿Usted le conoce al general? —le preguntó Matilde.

—No sólo le conozco, sino que por él estoy empleado aquí en la Audiencia de Manila.

—¿Le conoció usted hace mucho tiempo?

—Le conocí en mi pueblo y de una manera bastante curiosa.

—A ver, cuente usted.

—Yo, como saben ustedes —nos dijo don Juan—, soy abogado, y vivía hace unos años en un pueblo de la Mancha llamado Calzada de Calatrava[270]. Seguramente que nuestro amigo don Ignacio, que ha viajado por todo el mundo, no tendrá noticia de este pueblo. —Es verdad.


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