La estrella del capitan Chimista

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V

LA FIEBRE DEL ORO[305]

SAN FRANCISCO, entonces, no tenía carácter de ciudad, sino de un inmenso campamento de gambusinos. En la villa antigua y cerca de la isla de San Pablo, se estaban levantando dos poblaciones grandes, con casas de madera, fabricadas en Europa y en otros pueblos del Este de los Estados Unidos.

Todo costaba allí un dineral. Las posadas no tenían camas, la gente dormía en el suelo, apoyando la cabeza en sus maletines, llenos de instrumentos para descubrir o aislar el oro.

Llegaban al país los hombres de todas las naciones del mundo: estafadores, ladrones, presidiarios, jugadores, indios, negros y chinos, con el revólver y el puñal en la cintura. Allí se respiraba la fiebre áurea.

Menudeaban los robos y asesinatos y la policía no se atrevía con la gente maleante, de miedo a un tiro en la espalda.

En las casas y posadas se pagaban por una comida seis y ocho pesos; los aventureros y criminales abundaban.

Si barruntaban que alguno llevaba oro en la cintura le mataban y le robaban de noche. Allí sólo valía la ley de la fuerza.


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