La estrella del capitan Chimista

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IV

EL PROCESO DEL NAUFRAGIO

AL ANOCHECER llegamos a Marigondón, y nos presentamos en casa del gobernador, donde nos dieron de cenar y una muda de ropa. Se hizo el atestado del naufragio, y al día siguiente Roque y yo, montados a caballo y dirigidos por dos indios prácticos, nos pusimos camino de Cavite. De Marigondón a Cavite se calculan unas ocho leguas; pero como había que marchar entre maleza y matorrales, tardamos diez horas.

Al oscurecer llegué a Manila y fui a parar a mi casa de huéspedes; llamé al médico, y en una semana me puse bueno; luego hubo que presentarse a declarar a la Comandancia de Marina, acerca del naufragio del buque y de sus causas.

A los ocho o nueve días de mi declaración tuve un disgusto grave: Roque, el muchacho de cámara, salvado en mi compañía, declaró ante el auditor que yo había matado a un marinero filipino de un sablazo.

Unas semanas después me mandaron una citación, y vino un alguacil, de noche, a mí casa.

—¿Qué ocurre? —le pregunté.

—Tengo orden de llevarle preso a la cárcel de Binondo.

—Bueno.


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